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Mis reflexiones personales sobre el “homenaje-despedida” que me regalaron el 15 de setiembre de 2009
Quienes estuvieron en el “acto de reconocimiento” (como prefiero entenderlo) saben que lograron apabullarme con tantas cosas buenas que dijeron de mí. Quiero explicitar algo de lo que sentí (mucho), de lo que pensé (poco) y de lo que dije (casi nada) para quienes puedan no haberlo notado y especialmente para dar mi versión a los que no pudieron -y aún para los que ni quisieron- venir. Me emocioné y lagrimeé como un hombre (que es más o menos lo mismo que podría hacerlo una mujer pero sin temor de que se me corriera la pintura). Hice todos los esfuerzos que pude y logré (creo) mantener una postura que me pareció adecuada.
Al final del acto de la tarde del 15 de diciembre expresé, cuanto y como pude, mi agradecimiento a los poco merecidos elogios. Pasados unos cuantos días mantengo lo que dije: creo que no merezco todo ese reconocimiento y que el mismo resulta más del afecto que de los méritos. Dije también que valoro más el afecto que me pude conseguir (merecido o no) que los méritos académicos que me puedan medir (variando el resultado según quien, cuando y para qué se haga la medida) y cuyo resultado siempre puede estar sesgado por los afectos (positivos y negativos), por las modas (bastante volubles) y hasta a veces por las conveniencias aunque nos guste creer que eso sólo ocurre en otros lugares y en otros ámbitos. Esas evaluaciones son necesarias para ciertas cosas importantes como otorgar títulos, cargos, financiaciones; pero poco importantes para cuando nos llega el tiempo de los balances “de cierre”. Y en eso estamos: me jubilan y siento que estoy bien diagnosticado en el entorno del retiro. Pero haré todo lo posible por defraudar a quienes puedan sentir que está bueno que me deje de joder. Confieso que había pensado en acusar de esa esperanza a quienes me armaron todo este precioso “barullo” pero como ya se refirieron a eso de manera explícita no tengo otro remedio que dejarlo así como flotado.
En estos días de (¿) vacaciones pienso sobre lo que tengo que hacer y lo que debiera hacer en consideración de que me jubilan y no puedo evitar referir las reflexiones de un muy joven filósofo mexicano (Mariano Roig) que le dijo a su abuelo (muy querido por él y por mi): “los viejos tienen de bueno que siempre tienen plata y siempre tienen tiempo; pero tienen (tenemos) de malo que les queda poco tiempo”. Esa lección de dialéctica (mejor por cortita que las de Hegel y Marx) sobre el tiempo que siempre tenemos y del que poco nos queda me obliga a pensar con cuidado sobre como sigo en esta etapa.
Reconozco tener algunos méritos que se me atribuyeron pero no creo que mis registros tengan la importancia que les dieron mis amigos y discípulos. Si que reconozco los defectos mencionados aunque discrepo también estar muy alto en el ranking en ambos asuntos (tacañería y babosería). Mencioné un mérito sobre el que poco o nada comentaron y que creo tener: aún de viejo, sigo aprendiendo de mis alumnos incluyendo no sólo a quienes es claro que me han superado, sino también (y frecuentemente) de los más jóvenes.
No intentaré agradecer personalmente a todos a quienes se lo debo porque siempre se pueden cometer injusticias y olvidos. Como todos los que llegamos a esta edad, le debo mucho a mi familia, tanto la de origen como la construida: me dieron soporte, ánimo y me aguantaron las ausencias y las presencias, éstas muchas veces con malos humores que no dependían de mis esfuerzos laborales sino que son tan endógenos como el ardor de estómago. De aguante de mal humor también tengo para agradecer a maestros, compañeros y alumnos. Muchos maestros me ayudaron a aprender durante los primeros años (unos 40) y no quiero intentar nombrarlos porque olvido mucho los nombres, desde siempre y mucho más en los tiempos recientes. De las maestras de la escuela primaria aprendí modales sociales como les gustan a los grandes; las reglas de la conducta en los grupos sociales las aprendí en mi casa y en la calle como creo que ocurre casi siempre. Tuve la suerte de criarme en una familia razonable y en un barrio donde se podía estar en la calle sin peligros graves. Claro, en la escuela también aprendí a leer y aunque con más dificultades, aprendí a escribir. Para esto siempre tuve dificultades: las primeras fueron con las plumas cucharita y los borrones de tinta: la maestra de 5° ponía en cada carnet mensual: “debe ser más prolijo”: cómo disfruté de veterano al conocer la definición de “prolijo”! (dilatado, minucioso en exceso, verboso). Y qué suerte que no la obedecí! En Secundaria tuve maestros/Profesores muy variados: algunos fueron muy valiosos como el de matemática de 3° (Galante), que me hizo entender muy rápido el concepto de función y tomarle el gusto a la abstracción de los números y perderle ese miedo nefasto hacia la matemática que adquieren un enorme porcentaje de adolescentes en casi todo el mundo; el de música (Balzo) que pasaba discos “clásicos”, y tocaba el piano además de enseñar a gustar de la música, comentar sobre pasajes y fumar en clase (lo que ahora podría condenarlo a la cárcel). Y el de Química (Costa Valle) que además de su materia nos enseñó a aprender y a estudiar. Por supuesto que había de los otros de cuyo nombre no quiero (ni puedo) ni acordarme. No puedo ni debo referirme a los Profesores que recuerdo y de quienes aprendí mucho, en la Facultad de Medicina: haría de este comentario algo muy, muy prolijo y yo me cuido mucho de serlo. Estoy seguro que aprendí algo de Medicina (aunque ahora me lo haya olvidado) con los Maestros, los pacientes y muchos compañeros de estudios y de guardias con quienes compartimos desvelos, sustos y logros que cimentaron una amistad que con algunos nos dura desde hace mas de 50 años.
También tuve mucha suerte en mi carrera de Neurocientífico y también podría referir decenas de Maestros pero sólo nombro tres: Elio García Austt que me peleó y enseñó desde que yo tuve 20 años (pasé por esos tiempos aunque cueste imaginarlo) hasta que él murió hace 5 años: les ahorro y me reservo definiciones, descripciones y anécdotas para los cuentos que repito tantas veces para aburrir a los que me los aguantan; José (Pepe) Segundo con el que aprendí tantas cosas de las neuronas, los circuitos y las penas que él refiere en su comentario relativo a mi retiro. Y finalmente el Flaco Roig, del que aprendí mucho al llegar al laboratorio de Neurofisiología y que ahora debe también incluirse entre los numerosos y queridos “compañeros de ruta”.
Mis discípulos estaban presentes el 15 y siguen mayormente presentes casi todos los días. A ellos me cuesta referirme públicamente porque los siento como una parte muy importante de mi propio yo. Espero que ya sepan cuanto los reconozco y los quiero aunque sea tan parco para decirlo, más por timidez que por el temor de ser prolijo.
Repito mi muy sentido agradecimiento y espero seguir en contacto con todos por unos cuantos días más.
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